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La aristocracia del barrio | El economista

Ayer, cuando Daniel Rodríguez Barrón, un magnífico escritor como conversador, me contaba su regreso a la Cineteca Nacional tras años de ausencia y su sorpresa al volver a ese espacio y cómo, a pesar de todo ese tiempo, persistieron allí, como si nada. , los vecinos y sus comentarios pedantes y ruidosos como si los periodistas de Cannes estuvieran esperando sus sesudas reflexiones; Entonces le recordé algunas otras especies que animan nuestra vida pública.

Están, por ejemplo, quienes para no trabajar viven de la miseria de los cócteles culturales; Los encontrarás en presentaciones de libros, conferencias magistrales, inauguraciones de exposiciones, con una soltura que solo la práctica y el conocimiento pueden dar; Podrás verlos con su vestido reluciente de mil doscientos gastados, sin miedo ni vergüenza acercarse al candidato al Premio Nobel y señalarlo a quemarropa: – ¿Sabías que el alma pesa veintiún gramos? -, mientras el joven poeta, con las manos empapadas en sudor, en la segunda o tercera fila de la maraña que se ha formado en torno al autor cuya obra ha leído de cabo a rabo, espera la oportunidad de entregarle el primer ejemplar fuera del impresores de libros con los que abre su carrera como escritor. Verás, todo en la vida es una cuestión de intercambio.

Hace muchos años, Joan Manuel Serrat escribió una canción prodigiosa a la que llamó «La aristocracia del barrio», la entrevista a Daniel me hizo pensar en cómo ha cambiado esa aristocracia canalla del estraperlo por la de los profesionales que comen sin trabajar, esos que en México llamamos «gorrones».

Así, la enorme hermandad de los augustos servilleteros, con la variante muy burguesa del cuaderno Moleskine; los que se niegan a trabajar en otra cosa que no sea la construcción de la obra literaria a la que se deben; aunque, por supuesto, no se sometieron a la disciplina de un taller literario de buena fe, ni movieron un dedo para asegurarse de que su bella creación fuera mancillada por la prensa; así de heroicos y perfeccionistas son. Una de las mayores pérdidas por el cierre de la antigua librería “El Parnaso” en Coyoacán es que esta especie, que no puede sobrevivir en ningún lado, ha perdido uno de sus hábitats naturales; Según la capacidad económica de sus mecenas -ya sean sus padres o su eterna tía Maruquita, la solterona que tanta fe tiene en el futuro García Lorca- se les puede encontrar en la cafetería de alguna librería, de «Un lugar de la Mancha” en Lomas de Chapultepec o “El Péndulo” en Polanco, hasta la de la histórica librería Gandhi, la misma donde ahora se ponen las mesas con artículos de segunda mano. Incluso en comedores, sobre todo universitarios, o en aquellos que se pueden permitir. a base de las finanzas de sus patrocinadores, desde un Starbucks con vista a un parque en Pedregal o Colonia del Valle, hasta la banca eterna de El Centenario Jarocho.

Tienen la conciencia tranquila. Al igual que sus primos, los «cocteleras», los escritores de servilletas son en realidad empresarios cuya industria son ellos mismos. No malgastan el dinero de sus patrocinadores, lo invierten en un tomo viejo de Neruda y en nada más que uno de los cafés más baratos, sabiendo que les devolverán el dinero cuando la fama les alcance y un apasionado periodista de Babelia se dé cuenta tanto como han sufrido para trabajar en su trabajo, aunque olvidan mencionar que la tía Maruquita siempre estuvo ahí para apoyarlos. Mientras eso sucede, a cambio de tus sabias reflexiones, puedes aceptar sin culpa el sándwich de tu colega que pasa y tiene la mala idea de saludarte, o, a través de tu atención desinteresada y honesto elogio, arrebatarle una comida a la universidad. profesor en ese momento, era su turno de detenerse y comprar sus libros; por un golpe de suerte, puede ser que el profesor se deshaga de uno de los libros que ha adquirido para dárselo al joven -que ya se acerca al final de la treintena- como muestra de confianza en su brillante futuro.

La vida política también es generosa con esta aristocracia urbana; puede verse a la entrada de la sede de cualquier partido político, de las cámaras o de las secretarías de Estado, esperando al diputado, al senador o, como última esperanza, al burócrata de cualquier estatura, que exige lealtad incondicional, su sabios consejos y, por supuesto, sus francos elogios. Es una especie aún más evolucionada que las anteriores ya que requiere de dos habilidades que no necesariamente están presentes en otras ramas taxonómicas; el dominio del periódico, al fin y al cabo se puede leer gratis la primera página del periódico y también un artículo de uno de los periódicos de distribución gratuita que se regalan en todas partes; Esta dominación, para alcanzar la perfección, debe ir acompañada de una imaginación desbordante pero plausible que permita tanto completar lo que no se puede leer como inventar maquinaciones, conspiraciones, conspiraciones y alianzas que hagan interesante el mensaje cuando se presente la ocasión. ; la segunda de las capacidades es una prodigiosa memoria de nombres y rostros, no hay nada más letal para esta especie -ni siquiera el trabajo- que confundir a un diputado del PAN con uno de MORENA, o a un senador del PRI con un diputado del mismo partido; en todo caso, si falla la memoria, hay que tener la gracia de recurrir a direcciones formales que nunca se equivocan: «señor», «graduado» o «compañero», entre las que destaca la más sagrada y eficaz, el abracadabra para los que saben. para usarlo, es la palabra «jefe» que resume todos los valores de lealtad, obediencia y docilidad que caracterizan a esta hermandad de la nueva aristocracia del barrio. Los que pertenecen a esta rama pueden ser leales a un partido, que nunca deja de exaltarlos y los coloca en el paisaje de los palacios augustos de sus partidos, les da un aura de confianza y nunca envejecen como sus líderes; otros son mercenarios del hambre y cambian las instituciones políticas de acuerdo a la estación del metro que está cerca; en ambos casos intentarán dar la impresión de que siempre han estado ahí y, sobre todo, que siempre estarán ahí, en el triunfo y en la derrota. Los nómadas del oficio también saben cambiar su forma de hablar así como su vestimenta según el lugar donde se encuentren o el interlocutor que capten; en los partidos de derecha el vestido es imprescindible, aunque sea viejo y muestre signos de gordura de la última vez que tuviste la oportunidad de llevarlo a una comida multitudinaria de apoyo a un candidato; Sabe atacar a sindicatos y organizaciones civiles, manifestantes y periodistas vendidos -este último recurso siempre es un comodín-, pero nada que decir sobre el aborto, el matrimonio entre personas del mismo sexo o los desaparecidos, porque nunca se sabe.

En las fiestas de centro o de izquierda sólo está prohibida la vestimenta, lo que no se ve del todo en las tareas partidistas, aunque evidentemente goza de más tradición la guayabera y la combinación de pantalón de traje con camisa de color -nunca blanca de la su servicio de color -y una chaqueta a juego- es lo más tradicional; ahí el mundo se complica, la izquierda y el centro han cambiado tanto que para no equivocarse hay que hablar de todo sin decir nada: jurar sobre la sociedad y el capital pero sin exagerar, elogiar la unión sin parecer comunista desde antes la Segunda Guerra Mundial, riéndose del presidente sin perder el respeto por la investidura; hasta los nuevos partidos tienen sus complicaciones porque requieren discursos más complicados -aunque incomprensibles- y ropa más cara. Aunque sin duda, donde esta especie muestra su superioridad absoluta es en la forma de reunir los recursos para sobrevivir; los menos experimentados podrán obtener una propina a cambio de un halago -los políticos suelen ser generosos cuando se les suaviza el oído- o quizás un libro o una fístula -un «pin» como se dice ahora- que luego podrá comercializar reivindicando su noble origen; si tienes suerte y el polaco aún no ha llegado al punto de no creer que tienes que escuchar al ciudadano, puedes hacerte tú mismo la comida del día. El ejemplar más experimentado sabrá cómo obtener una tarjeta de presentación, debidamente firmada, que le abrirá las puertas de los paraísos más sugerentes; Por último, el rey de la cadena alimentaria tendrá el buen sentido de recibir un encargo, aunque este siempre deba consistir en traer o traer alguna comisión, dando órdenes por pequeñas que sean o que no parezcan un trabajo, a cambio de ello. puede ganar una cierta suma que le dará por la semana y que se considera un reconocimiento del partido.

Así las cosas; Esta nueva aristocracia incluye otras especies, aunque menos conspicuas y con menos tradición: el inversor sin dinero, el vendedor sin producto, el abogado sin clientes, el espiritual sin iglesia o el que no es mendigo pero ha operado a su abuela siete veces en una semana, que su boleto de regreso a la ciudad ha sido robado como muchas gangas en el mismo período, o que vende un anillo de oro real que encontró.

En definitiva, lo que no ha cambiado desde que Serrat escribió su canción hasta hoy es la pasión congénita de no trabajar porque eso… es cosa de locos y desesperados.

* El autor es escritor.

Gorjeo: @ cesarbc70

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