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¿Ya escaneaste tu alma? El drama del hombre de luz

Si todos los días escaneamos fotos y textos en nuestros teléfonos móviles que ya tienen la aplicación «escáner» para repasar y aprender algo, ¿por qué no intentamos escanearnos el alma?

Si ahora nuestra actividad gira en torno a los códigos QR con la concentración de datos e información sobre productos, vacunas, documentos importantes u oficiales, ¿por qué no nos preocupamos por saber lo que llevamos dentro, en el alma y hacer un «escaneo» de lo que tenemos internamente?

En el siglo XXI, en la gran era de la tecnología, nos estamos perdiendo hacia adentro, mientras avanzamos salvajemente hacia afuera. Hemos llevado al mundo a un punto de vacío que se profundiza cada día, pero lo más preocupante es la banalidad con la que transitamos.

De ahí la cuestión de si hemos escaneado nuestra alma. El término «escanear» es uno de los tantos neologismos que hemos incorporado a nuestro vocabulario y vida cotidiana y es tan comúnmente aplicado como un verbo que denota la acción de pasar un objeto o cuerpo a través de un escáner para obtener una imagen de su interior. . Algo así como un registrador de documentos o fotografías en un órgano del cuerpo para detectar lesiones internas.

El antecedente u origen del escáner fue el llamado fax, donde se colocaba un documento sobre un vidrio plano y por el otro lado pasaba un aparato que capturaba o grababa los caracteres, y al mismo tiempo los reproducía del otro lado. la conexion telefonica que se hizo. Era solo transmisión de datos.

Con tecnología digital, este dispositivo llamado escáner fue desarrollado para pasar un texto o imagen y convertirlo en un conjunto de datos que pueden ser procesados ​​por una computadora o sistema informático. Aquí está la explicación, por ejemplo, para ahora escanear una foto o documento desde un teléfono móvil, archivarlo o enviarlo a otro lugar. Esa misma tecnología luego hizo estallar el escáner QR y los códigos de barras. Los teléfonos móviles ya cuentan con la aplicación de lectores de QR y barras.

En el campo de la medicina, esa misma tecnología se usa para escanear el cerebro, el corazón y otros órganos para diagnosticar cómo están por dentro. Una forma muy sencilla de describir el escáner es escanear o atravesar un cuerpo o documento para registrar o registrar fielmente las características.

En la antigüedad, sin el escáner, el filósofo griego Sócrates lanzó la frase “conócete a ti mismo” no solo como una receta o frase célebre, sino como una actitud de mirar hacia adentro e investigar. Esa frase fue la piedra angular de un método inmersivo para sumergirte en el calor y el dolor, la angustia y el miedo. Y quien conoce, se comprende y se acepta a sí mismo; el que se conoce a sí mismo tiene la capacidad de conocer a los demás.

Más tarde, el cristianismo daría otro nivel a esa actitud al invitar a amarse para amar al prójimo. Quien no se ama a sí mismo no puede amar, pero todo comienza desde adentro.

Hoy vivimos con el exterior, donde solo escudriñamos con nuestros sentidos todo lo que nos rodea. Recorremos a una persona con los ojos para ver cómo está vestida, qué combinación de ropa lleva puesta, qué peinado o maquillaje. Y se hace de arriba a abajo, desde el cabello hasta los zapatos. Este es el clásico escaneo con los sentidos, pero lo hacemos a los demás, no a nosotros mismos e internamente. Vivimos una vida externa e ignoramos lo que hay adentro. Por eso no somos capaces de escanearnos a nosotros mismos, porque no queremos vernos tal como somos y mucho menos aceptarnos.

Es paradójico que en medio de la tecnología digital, los grandes avances científicos, la inteligencia artificial y la robótica, mantengamos nuestra alma alejada, ajena a nuestros saberes y sentimientos, como si la parte subjetiva o espiritual viniera de otra dimensión ausente de nuestro cuerpo.

El psiquiatra español Enrique Rojas (2004) ha escrito varios estudios y libros centrados en dos grandes temas que son la causa de una vida vacía y por lo tanto no nos interesa escanear: la depresión y la ansiedad.

Para él, la depresión es la gran epidemia que ha erosionado a la humanidad más que la pandemia del Covid que poco a poco hemos superado y sobrevivido. Él cree que, contrariamente a la gran tecnología digital, somos una sociedad triste, deprimida y sin vida. La tecnología nos ha dado mucho, pero también hemos sacrificado mucho.

A esta depresión se sumó una inmensa soledad producto de la pospandemia, que nos aisló y encerró en nuestras casas, nos obligó, al habernos impedido salir, a los brazos de las pantallas. Otro filósofo griego, Platón, quien, muchos años antes de Cristo, describió la sensación de esclavitud y encierro en una gran cueva atada frente a un muro por donde desfilan las apariencias. Era la visión profética de la televisión.

El citado psiquiatra (ROJAS, 2004) describió la sociedad en la que vivimos como la del hombre ligero, caracterizada por las cuatro patas de la mesa: un hedonismo que abraza el placer de los sentidos, un consumismo desenfrenado, una permisividad vergonzosa y un cómodo relativismo. Y esas cuatro patas están atenazadas por un materialismo ateo, impío o incrédulo de un ser superior.

El término light man proviene de los nuevos productos que consumimos que no son lo que deberían ser, que carecen de esencia y se quedan solo en apariencia. Ahora consumimos alimentos sin calorías, azúcar sin glucosa, Coca Cola sin cafeína ni calorías ni azúcar, cerveza sin alcohol, mantequilla sin grasa y así una gran cantidad de productos light o dietéticos, lo que solo significa ausencia de la sustancia, entonces qué algo es lo que es y no otra cosa.

El diagnóstico de Rojas dice que esto equivale a un hombre sin sustancia, sin contenido, adicto al dinero, al poder, al éxito ya la alegría ilimitada e irrestricta. Por tanto, el hombre luz está desprovisto de referencias, con un gran vacío moral y no es ni puede ser feliz, a pesar de tenerlo materialmente casi todo.

Y si le sumamos que la tecnología digital, basada en Internet, ha sumado inmediatez a ese hombre de luz, incubando una cultura del momento, donde queremos todo de inmediato a raíz de las redes sociales. Hemos perdido la paciencia y la tolerancia con el tiempo y las personas. Todo lo quieres cuando quieras, compra y compra desde el móvil para no perder tiempo yendo a una tienda.

Y las redes sociales contribuyeron mucho a esa depresión y soledad. Y no buscamos la solución dentro de nosotros mismos, sino que preferimos el Prozac (MARINOFF, 2009), un antidepresivo para el trastorno obsesivo-compulsivo y un antidepresivo que se ha denominado la “píldora de la felicidad”.

Como terapia del alma, podemos recurrir más a Platón que al Prozac para salvar al hombre en este torbellino tecnológico.

Escanear nuestra alma para volver a nosotros mismos, para conocernos, para vivir según nuestra naturaleza y volver a ser nosotros mismos.

MARINOFF, Lou (2009) Más Platón Menos Prozac, ed. Tasca Zeta, España.

ROJAS, Enrique (2004) El hombre de la luz, Editorial Planeta, México

jcontreraso@uach.mx

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